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viernes, 2 de enero de 2015

Blanco sobre blanco

Nada impone más respeto que un papel en blanco, pensar en las infinitas posibilidades que nos ofrece y lo que podemos ser capaces de plasmar en él. Yo siempre fui más de dibujar que de escribir, trazaba líneas oblicuas que se cruzaban y rellenaba de color las formas derivadas de las intersecciones. Armaba muchas combinaciones, me gustaban esos espacios agudos y obtusos resultantes y su movimiento sobre el papel, fantaseaba con la idea de hacerlos habitables…

Cuadrado blanco sobre fondo blanco. Kazimir Malevich, 1918
Blanco sobre blanco
Kazimir Malevich, 1918
foto Père Ubu flickr
Dibujaba las rectas evitando hacerlas paralelas (no concebía que las líneas nunca llegaran a unirse!), también me negaba al ángulo recto. Así que los paralelogramos pocas veces aparecían en mis diseños, sobretodo el cuadrado, al que consideraba el más rígido de todos.

De esa manera proyectaba yo en mis folios blancos, censurando cuadrados, subestimando su potencial. Hasta que un día lo vi, delimitado por oblicuas, un cuadrado que generaba ángulos no rectos y cuya posición desafiante provocaba un dinamismo prolongado más allá de los límites del lienzo; una abstracción total de la forma. Además era blanco, o pretendía representar ese blanco que lo contenía, esa nada en la que flotaba y a la que desfiguraba manifestando su autonomía.

El descubrir que la oblicua también dibujó su cuadrado, un cuadrado blanco sobre fondo blanco, me ayudó a evolucionar en mis pensamientos sobre ella. 

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