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jueves, 30 de abril de 2015

La casa de mi abuela

De pequeña pasaba todas las tardes en casa de mi abuela. 
Conocida en la familia como la casa de la 60,
tenía un salón enorme,
y no era la percepción de una niña, 
en verdad era enorme, 
diez metros de largo en donde se podían colgar cinco o seis hamacas
y mecerse en ellas sin chocar unas con otras. 

A la entrada del salón había una cama enorme,
y no era la percepción de una niña,
en verdad era enorme.
Dos metros de ancho donde,
en los escasos días de invierno,
mi abuela se acostaba 
cubriéndose con una cobija de cuadros rojos.

Al fondo, el área de costura, 
una zona muy iluminada 
donde mi abuela pasaba horas trabajando
en una singer de pedal modelo antiguo;
frente a la máquina un televisor,
a la derecha una gran mesa,
una mesa enorme,
y no era la percepción de una niña,
en verdad era enorme,
cuatro metros de largo en donde mi abuela
hacía los patrones y cortaba las telas.

Pasé muchos años de mi infancia jugando en esa casa.
Aprovechaba los momentos en que mi abuela
se quedaba dormida viendo alguna telenovela,
para hacer travesuras.  
Mi favorita era saltar desde la cama,
cruzar flotando sobre cada una de las hamacas
hasta llegar a la mesa. 
Hoy me pregunto si alguna vez se dio cuenta de mi osadía, 
ella nunca me dijo nada 
pero cada tarde la cama estaba hecha, 
las hamacas colgadas
y en la mesa siempre había un espacio libre de telas y recortes.


A doña Conchi

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