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viernes, 25 de marzo de 2016

24 centímetros

Había una vez, en un reino muy lejano llamado Pinderland, un apuesto príncipe que presumía de tener un gran tesoro el cual solo compartiría con la mujer que se casara con él.

‌Todas las damas del reino y de los reinos vecinos acudieron al llamado de su majestad esperando ser la elegida. ‌Nobles, plebeyas, jóvenes, viejas, docellas, estrenadas; mujeres de todos los perfiles desfilaron una tras otra ante la corte; el príncipe las quería a todas, pero solo le estaba permitido elegir a una. Así lo hizo, tras meditarlo mucho, por afinidad se decidió por la más guapa de la pasarela. 

Dos semanas después sonaban campanas en toda la ciudad celebrando a los novios, la boda real era el acontecimiento más importante de los últimos años y posicionaba a Pinderland como el sitio favorito para encontrar el amor. Terminados los festejos, la pareja se retiró a sus aposentos. El lecho nupcial estaba preparado y el príncipe también, así que como prometió, sacó su gran tesoro y lo enseñó a su esposa...Tal fue el asombro de la joven ante lo que vio. Una brillante y afilada espada, muy recta, con terminados perfectos y buenas propociones; nada comparado con las pequeñas dagas o los sables arqueados que se veían por ahí. El orgulloso príncipe recalcó que el valor principal que hacía de su espada una pieza casi única eran los 24 cm que medía de largo.
‌La princesa no fue vista nunca más, la joya del príncipe era tan irresistible que se la clavó profundamente y no sobrevivió...ni ella ni los cientos de esposas que vinieron después, todas en la noche de bodas murieron felices para siempre.

 ‌                                                 
                                                                         Fin

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