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lunes, 12 de septiembre de 2016

En la plaza

Barrio de Gràcia Barcelona

Aquella tarde decidí sentarme en un banco de la plaza a observar los edificios. Las sombras de los árboles proyectadas sobre sus colores parecía alterar la textura de los materiales. La composición resultante era digna de postal. Mientras la contemplaba, me tomaba el helado acostumbrado de los viernes por la tarde, calmante de mi ansiedad derivada de la rutina semanal y marcaje del inicio de la rutina del fin de semana. Pensaba en lo alejada que me sentía de la arquitectura; hacía tiempo que no miraba hacia arriba, que no miraba hacia ella; que no le dirigía ni un pensamiento, ni un sueño, ni tan solo una frase o palabra…

-¿Es esto verdad?- Me pregunté. -¿Cuánto tiempo ha pasado?

Me puse dramática creyendo que habían pasado doce años, pero miré el reloj, vi que solo habían transcurrido cuatro horas desde que miraba hacia los edificios de enfrente. La estampa era muy diferente ahora, las sombras proyectadas ya no eran producto del sol sino el efecto de la luz artificial. En la plaza ya no se percibía la energía de los niños corriendo y jugando; sino la pasividad de los adultos sentados en las terrazas de los bares. En el banco me había dejado el helado sin terminar, estaba derretido ya…

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