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martes, 11 de julio de 2017

La rebelión de los cactus

Resulta tan fácil matarlos, después de unos días 
escuchando las mismas quejas, lamentos, autocompasiones y lloros, el cactus de turno, agotado comienza a pudrirse aceleradamente hasta que, doblado y marchito, acaba siendo arrojado a la basura, sin ceremonias ni despedías, sepultado bajo la misma tierra que le había dado vida. Luego el caído es remplazado por otro de su especie que seguirá el mismo camino, aunque tenga la consigna de aguantar más tiempo que su predecesor.

Alguien mencionó que apenas necesitaban cuidados, cariño el mínimo y aún así resistían. Claramente no es verdad; se rinden pronto, su puntiaguda coraza se reblandece perdiendo equilibrio y fuerza para luego soltar las armas, caen los pinchos y los gajos, uno a uno, hasta desintegrarse.

Yo he visto sucumbir unos cuantos, y tal como parecía, mueren felices.
Al principio no entendí este firme deseo de perecer, pero ahora comprendo su lucha... 
    
Porque «¿quién dijo que tenían que conformarse? 
¿Quién los condenó a un destino de penumbra y mediocridad? ¿A existir inertes en cualquier rincón, como figuras de cera de áridas almas cuyas lágrimas secas son incapaces de aliviar su vacío? Y sobretodo aguantar, aguantar nuestra destructiva compañía».


Dedicado a todos mis cactus muertos.

viernes, 23 de junio de 2017

Intenciones

Hay ropa tendida en el balcón de enfrente, 
el viento la sacude, lentamente, 
un suave vaivén que hace chocar las prendas unas con otras
pero que no es lo suficientemente fuerte para liberarlas de las pinzas,
hacerlas volar hasta desaparecer, 
y a mí con ellas...
Elevarme tan alto como el globo que escapa de las manos de un niño
y se esconde entre las nubes, 
esperando que sus abrazos de algodón
le impidan caer de nuevo. 
Pero esto no es posible,
ahora mismo ni un huracán levantaría mi cuerpo, 
los párpados me caen como telones que bajan para pedir aplausos; 
y mi mano derecha apenas se levanta lo suficiente para escribir estas líneas. 
Estoy anclada en la silla sin fuerzas para andar, 
la cabeza recostada en la mesa apenas se asoma de vez en cuando 
para comprobar si la ropa sigue en el balcón o me ha abandonado. 
De momento sigue ahí, 
«¿la dejarán fuera toda la noche?»,
hoy habrá mucho ruido por la calle con lo que será difícil dormir; 
o quizás peor, aún no lo sabe 
y la harán arder en una de tantas hogueras que en un rato se encenderán. 
Arderá y se extinguirá como los falsos deseos, fantasías, irrealidades,
historias y sueños que se quemarán por ahí...
Y entre sus cenizas tú, te quemarás con ellos, 
porque eres ellos…
Te echaré a las brasas 
y desaparecerás en el humo denso que me impide ver y aceptar lo que soy, 
lo que he elegido vivir.
Aunque aún no sé si estoy preparada para quemarte
entre sábanas y camisetas, 
las únicas que están ahí para escuchar mis contradicciones.
Mis vecinos se han olvidado de ellas 
como yo por momentos, de mí misma.
En breve comenzarán los primeros fuegos de la noche,
la presión me invade y siento que mi peso se duplica; 
las lágrimas que comienzan a caer no lo aligeran, 
atraviesan el papel y corren la tinta 
transformando las palabras en manchas 
que se asemejan más a mis intenciones, 
no se ve nada claro.

Javier Rubilar Flickr

lunes, 27 de marzo de 2017

Paseo dominical


Barcos en el puerto
Intento ver mi reflejo en las ondas del agua pero el banco en el que estoy sentada no se encuentra lo suficientemente cerca, y no me atrevo a estarlo más. Me aterra la fantasía de ser empujada y ahogarme sin remedio, la cual no sería, sin duda, mi manera preferida de morir, si se me permitiera elegir alguna…Pienso que podría asomar un poco la cabeza sin peligro pero me interrumpe un ruido ensordecedor: el puente va a abrirse de nuevo. Sucede casi cada hora cada vez que un barco tiene que cruzar. De repente el mar de gente que transita por ahí se detiene como cuando pausas una cinta de video; y esperan, inquietos e impacientes, como si les fuera la vida estar ya del otro lado. Aprovechan su frenada inmediatez para tomarse fotos antes de reanudar la marcha. Posan, pasan, pisan y pesan, pero el puente aguanta.

No es la primera alarma que escucho desde que llegué, así que deduzco que llevo varias horas sentada en el banco. Como solía hacer hace algunos años, en los que acostumbraba dar paseos dominicales que consistían en sentarme horas en ese mismo banco a observar los barcos y hacerme preguntas. Alguna vez tomé ahí ciertas decisiones importantes y también fotos a los barcos. Me parecía el lugar idóneo para aislarme en mis pensamientos, a pesar de ser uno de los sitios más recurridos de la ciudad yo estaba ahí sin que turistas, vendedores, alarmas y barcos me perturbaran.

Después de ver cruzar el barco decido que es hora de volver a casa. Aunque me siento cansada resuelvo ir caminando a fin de prolongar el paseo. Es el primer domingo de primavera, hay un sol brillante pero el viento es aún un poco frío. Mucha de la gente va en manga corta, yo llevo un abrigo de invierno porque salí de casa desde la noche anterior, mis recuerdos de lo que hice desde entonces son vagos e intermitentes; y tengo dudas sobre cómo llegué a sentarme aquí…

Camino a paso lento, en el trayecto me detengo a ver a un grupo animado de personas tratando con empeño de seguir pasos, movimientos y coreografías de un estilo de baile de una zona geográfica muy distante a la suya. Pienso que a veces esforzarnos no es suficiente y continúo. Ando por calles muy transitadas. En los cruces me quedo detrás, aterrada por la fantasía de ser empujada y morir atropellada sin remedio, la cual no sería mi manera preferida de morir, si me fuera permitido elegir alguna…Me interrumpe otro ruido, esta vez son las campanadas de la catedral anunciando la misa de las doce.

Empieza a faltarme el aire, así que apuro el paso, sin detenerme y esquivando todos los obstáculos del recorrido, como en un videojuego de esos que no me gusta jugar. Media hora después estoy ya subiendo las escaleras que llevan a la puerta de mi departamento. Por fin entro y casi ahogándome salgo a la terraza a respirar, me asomo por la balaustrada hacia la calle, empujando el cuerpo temerariamente hacia adelante. Me tranquiliza la fantasía de empujarme y morir sin remedio al caer, porque si pudiera elegir alguna…

martes, 28 de febrero de 2017

Primera vez

  Dicen que para todo hay una, 
  que algunas veces llega antes, 
otras veces después; 
y que cuando la vives 
   quieres repetirla una y otra vez...
pero solo es una, 
es la primera vez.

La primera vez que ríes
la primera vez que corres
    la primera vez que te corres... 
 La primera vez que sueñas 
 la primera vez que piensas 
la primera vez que buscas
  la primera vez que encuentras, 
y te encuentras...
A ti, 
hoy te hablo a ti,
en voz alta y por primera vez.

A ti, 
que femenino no elegiste ser 
y que a pesar de eso no te negaste a nacer. 
  Que aguantaste la sentencia de la falsa cruz encubierta 
cuyo hierro dictaminó ultrasónico,
ese par cromosómico
 que te arrojó al mundo como el hijo fallido del padre. 
Ese padre
que se resigna y piensa, 
«ya tendré una nueva oportunidad, 
por ahora me conformo contigo 
pero te hago cumplir el castigo».

Y así creciste niña, 
rodeada de musas negras encargadas de vestirte con velos cargados de prohibiciones. 
Que bajo sus órdenes te dejaban ahí, 
cubierta de penumbra y gris, 
atada de manos para impedirte ser por no haber sido.
 Para pagar por el pecado de no haber sido. 
Cumplir condena por no haber sido, 
repitiéndote cada día:
 «No lo consigo» 
 «¡No lo consigo!».

A ti,
joven que con conciencia
 incurriste en la desobediencia, 
y te fuiste. 
Huiste intentando escapar de su tiranía, 
buscando desvanecerte en el dulce amargo de la rebeldía, 
perderte entre la multitud de algodones que flotaban a tu alrededor
 y que su tonalidad rosa hiciera de la culpa un caramelo. 
No lo lograste...
 él siempre estuvo contigo, 
escondido bajo tus bragas manchadas de orgasmos fingidos.

Te hablo a ti, 
mujer, 
que en la madurez comienzas a comprenderlo. 
Que eres caricia de flor y terciopelo, 
la suave melodía que acompaña el verso, 
la sonrisa en el rostro de quien recuerda un beso. 
Entiendes ahora que el vivir no requiere consentimiento, 
solo el latido incesante de un corazón abierto.
Tu corazón,
 donde le guardas un sitio a él, 
que en el fondo nunca fue tu enemigo sino la causa de tu resistencia. 
El pretexto para negar tu propia existencia.

Hoy te hablo mujer, 
con el amor sincero de quien te lleva dentro, 
esperando que la certeza de mis palabras te traspase 
con el ímpetu que solo tiene esa primera vez,
 aquella que nunca se olvida...


Texto escrito para mi primera experiencia como SLAMMER en la muestra del taller Slammers en acció 2017, realizado en el Centro Cívico Sagrada Familia en Barcelona.

viernes, 6 de enero de 2017

La noche rusa

-No he tomado ninguna mala decisión en mi vida -dijo él.
-Todas las que he tomado yo han sido malas -dijo ella.

Brindaron por eso. Era el segundo chupito de vodka, la noche apenas empezaba y aún estaban en sus cabales para sostener las máscaras de dichas afirmaciones.

Se habían conocido unos meses atrás. Ella, gracias a una de esas malas decisiones empezó a trabajar en la empresa donde él trabajaba ya desde hacía bastantes años; cuando acertadamente decidió dejar su país y aprovechar la oportunidad que aquella compañía le brindaba. Ella también era inmigrante, pero su mudanza la había llevado a desviarse del camino pertinente en aquel momento.

Desde el principio se entendieron bien. Hablando cada uno en su idioma charlaban de la vida, la de él totalmente organizada perfilaba una línea recta, sin errores; la de ella, por el contrario, seguía un trazo zigzagueante lleno de traspiés. Ver el reflejo de lo que no se es o no se tiene, materializado en el otro, era atrayente para ambos.

chupito de vodkaLa noche avanzaba y las botellas de cerveza vacías se acumulaban ocupando buena parte de la superficie de la mesa. Llegó entonces el brindis del quinto chupito. El vodka comenzaba a notarse y trajo consigo el llanto de ella. Lloraba por el tiempo, como siempre…La fuerte presión del tiempo, el tiempo perdido, el tiempo irrecuperable, el tiempo implacable, el tiempo que no perdona, el tiempo que nada cura, el tiempo que se acaba…se lamentaba de haberlo encontrado a destiempo, y con él, el amor. 
No quería explicar sus lágrimas y aunque temía que el alcohol la traicionara provocando un manifiesto de sinceridad; aplacó los sollozos con otro trago, al menos así sino olvidaba el tema, caería desmayada de embriaguez. Él también estaba bastante borracho pero mantenía su habitual compostura. «Ah, siempre igual, ni siquiera el alcohol puede aflojarle las emociones», pensó ella. En el fondo le envidiaba eso, la soberbia tranquilidad de quien dice no arrepentirse de nada.

La taberna estaba ya vacía, era casi la hora de cerrar. Decidieron beber un último vodka antes de marcharse y volver cada uno a su mundo. Él se lo acabó de un trago, ella iba dando pequeños sorbos intentando dilatar el tiempo.