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martes, 11 de julio de 2017

La rebelión de los cactus

Resulta tan fácil matarlos, después de unos días 
escuchando las mismas quejas, lamentos, autocompasiones y lloros, el cactus de turno, agotado comienza a pudrirse aceleradamente hasta que, doblado y marchito, acaba siendo arrojado a la basura, sin ceremonias ni despedías, sepultado bajo la misma tierra que le había dado vida. Luego el caído es remplazado por otro de su especie que seguirá el mismo camino, aunque tenga la consigna de aguantar más tiempo que su predecesor.

Alguien mencionó que apenas necesitaban cuidados, cariño el mínimo y aún así resistían. Claramente no es verdad; se rinden pronto, su puntiaguda coraza se reblandece perdiendo equilibrio y fuerza para luego soltar las armas, caen los pinchos y los gajos, uno a uno, hasta desintegrarse.

Yo he visto sucumbir unos cuantos, y tal como parecía, mueren felices.
Al principio no entendí este firme deseo de perecer, pero ahora comprendo su lucha... 
    
Porque «¿quién dijo que tenían que conformarse? 
¿Quién los condenó a un destino de penumbra y mediocridad? ¿A existir inertes en cualquier rincón, como figuras de cera de áridas almas cuyas lágrimas secas son incapaces de aliviar su vacío? Y sobretodo aguantar, aguantar nuestra destructiva compañía».


Dedicado a todos mis cactus muertos.