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martes, 26 de marzo de 2019

Pulpo del Apocalipsis


Sucedió por aquellos días que las doce collas de la ciudad se reunieron para actuar en la celebración más importante de la capital. Atendiendo la convocatoria anunciada hacía casi un año, los grupos acudieron con todos sus integrantes luciendo sus escudos y colores, dispuestos a asombrar a la multitud ahí congregada para verlos.

Se abrió plaza a la hora prevista, hermosas construcciones humanas comenzaron a levantarse. Entre risas pero manteniendo la concentración rigurosa, cada elemento ocupaba su posición en la estructura, donando hombros, espalda, pecho, manos; cuerpos ayudando a otros cuerpos a dar forma a un engranaje vivo, sorprendente.

Yo me hice un sitio entre la gente que rodeaba a los miembros de las collas para ver de cerca el espectáculo y participar activamente de la fiesta. El ambiente iba tornándose cada vez más animado, conforme avanzaba el día escudos y colores dejaban de distinguirse y comenzaban a mezclarse en las alturas; la euforia se apoderó de nuestras almas que embriagadas de música y cerveza se entregaban con devoción en cada ronda, idolatrando todas las formaciones, desde una simple torre hasta la más compleja Catedral.


Fue entonces que su ira cayó sobre nosotros.


Cuatro caballos sin jinete que pasaron de largo por la plaza lo habían anunciado antes, pero en medio de la fiesta nadie les había prestado atención; fue el galope aplastante de la tramontana que volvió nuestras mentes a la cordura y pudimos advertir la catástrofe. El engendro había salido del mar para castigarnos, con sus ocho látigos golpeó fuertemente la tierra hasta hacerla temblar seis veces ++++++

-¡Xurricada!

Gritaban todos mientras corrían a hacer piña para aguantar las sacudidas, intentando compactarse rápidamente para evitar el derrumbamiento; sin embargo, los más expertos veían inevitable el descalabro,     
-caeremos-, decían abatidos. Y así fue, los más jóvenes fueron los primeros en venirse abajo, la pobre canalla resbaló descuadrando piso tras piso ocasionando el desplome del tronco sobre manos y contrafuertes que no resistieron tal peso, y laterales que acabaron por abrirse despejando el espacio para la victoria de la octópoda bestia.

La plaza se transformó en un cementerio sin tumbas, brazos que murieron levantados aparecían como cruces disecadas esparcidas en todo el recinto. Por el suelo se arrastraba agonizante el eco fúnebre de la gralla; entre cascos sin cabezas y camisas sin torsos rodaba el tambor. El viento arremolinaba los pañuelos bañados en tinta mezclada con sudor y sangre. Hermanos y camaradas formaban ahora un pilar de cadáveres tan alto que opacó el sol. Todo se tornó negro, el olor a muerte atrajo a la plaga de mis pensamientos dispuestos a hundirme en aquel nuevo mundo de oscuridad. Desesperada imploré ayuda. Bajó entonces la luna a mis pies y me ascendió al cielo para cobijarme con un manto de estrellas. -No temas- me dijo, -está escrito que nada te pasará porque llevas dentro de ti al hijo del hombre-. Ante tal sentencia caí de rodillas, pensé en la noche con Mateo, después aquella con Pere, Joan… Santi… -¿Cuál de todos era el hombre?

La luna no me reveló más. Con su blanca condescendencia me bajó de nuevo a las tinieblas y permaneció un instante iluminando las pobres ánimas de los bienaventurados que creyeron esta historia.



Dedicado a mis amigos castellers de las collas de Gràcia y Sants.